El día, por más frío de invierno, regala rayos de sol para que uno saboreé el cafe de la una del mediodía con un sabroso cigarrillo. Algunas personas, en general todas las que conozco, lo toman tan rápido, como una obligación, yo, de a sorbos, a veces me sorprendo con que ya estaba por quedar frío, o en los peores casos, de un sorbo me doy cuenta de que ya es demasiado tarde para ese culito de café... se congeló.
Es curioso, porque antes de levantarme del todo (antes del café y del cigarrillo) ya estaba frente al teclado, no mucho, cinco minutos, o trés quizás, me di cuenta que esa era la hora de los textos cortos que nunca voy a entender antes del café. Después del café quizá los entienda, quizá no, a lo mejor unos días después los leo y me sorprendo, “¿eso era lo que quería decir? si lo pensaba no lo escribía”.
Otros días trato de estirar el café a dos cigarrillos, tomarme dos cafés es algo que me pone nervioso, creo, por la cafeína, me deja medio mal, no. Un café es la medida.
Después del café no hay mucho más que estar frente al teclado y darme cuenta de que la guitarra me estaba llamando, sin los libritos de canciones no soy nada, sólo ellos saben darme ánimo para que pueda tocar alguna canción, realmente se disfruta el tocar algún tema de Goyeneche, de Gardel o hasta de Calamaro. De ahí pego un salto a algún libro, es raro, antes leía de noche solamente, o en épocas de insomnio era casi una obligación leer hasta las seis de la mañana, ahora, es por placer... busco un te o un mate cocido y me siento a leer un poco a la tarde, se dejan leer las tardes...
Quizá a eso de las cinco pruebe algún bocado, algún sanguche, mi vieja compra jamón natural en vez de paleta y eso me parece hermoso (el café está cayendo ante el segundo cigarrillo que lo está entibieciendo, pero todavía resiste)
Cuando el cielo se oscurece empiezo a terminar los trabajos necesarios para sostener esa fachada enorme, casi completa que es la vida académica de uno... es increíble, pero a veces casi lo disfruto. Ayer me di cuenta de que si no estudiaba, no se me ocurrían cosas para escribir, me puse a estudiar y a la media hora ya había abandonado el apunte para llevar adelante la idea que había aparecido... es que estudiar tiene que ver con olvidar, uno casi que pone la mente en blanco, se aleja de todo lo que lo rodea y justo ahí es cuando aparecen las ideas... (medio cigarrillo y dos sorbos, ya casi lo logro)
A la noche es siempre lo mismo, me pasa a buscar un compañero y salimos a atravesar la ciudad para ir a esa institución privada que se ocupa de mantener a salvo el temor por el futuro... no sé a qué viene tanto miedo de ser un indigente, tal vez uno realmente haya creído en el viejo cuento al final, sin saberlo del todo, lo convencieron de los mitos populares de la gran ciudad “qué voy a comer cuando crezca, de que voy a vivir” La respuesta no tarda en llegar si se la piensa... me voy a comer a otro, voy a vivir de alguien más...
Y ya llegó la medianoche, de nuevo volver atravesando la ciudad, para llegar a casa y ver que el bar de todos los días ya se nubló hasta quién sabe cuando, el frío, la plata, la cerveza es cara, siete mangos y una borrachera de martes a la noche... qué lejos se ven esos días de calor. Parece que el sobre se pone de moda los días de invierno... Y por alguna razón, me sigue desesperando no tener trabajo. Mierda, ya casi me pone mal, desde hace largos meses no se trabaja, ya no sé si seguir buscando o si esperar a que vuelva, en fin, es como las mujeres, cuando uno menos lo espera llega, o al menos eso quiero creer.
(Ya se enfriaron los últimos sorbos de nuevo, son esos dos sorbos que dentro de unos días van a sacar esos hongos blancos en el fondo de la taza para que los lave con asco)

